Portadores de su presencia
Cita: 2 Samuel 6:10-12
En el Antiguo Testamento, la presencia manifiesta de Dios estaba simbolizada y contenida físicamente en el Arca del Pacto. Hoy por hoy, bajo el nuevo pacto inaugurado por Cristo, la dinámica ha cambiado radicalmente: nosotros ya no buscamos un objeto material, sino que nosotros mismos somos el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).
En la antigüedad, poseer el Arca del Pacto significaba la cobertura, la guía y el favor incondicional de Dios sobre una comunidad o familia. Donde el Arca llegaba, todo el entorno cambiaba. La presencia de Dios altera atmósferas, rompe maldiciones y trae vida.
El ejemplo de Obed-Edom: En la cita mencionada, vemos que el Arca fue llevada a la casa de Obed-Edom el geteo, permaneciendo allí por tres meses. ¿Cuál fue el resultado? Jehová bendijo a Obed-Edom y a toda su casa. Cuando Dios habita en un hogar, la bendición y la paz no se hacen esperar.
En la actualidad, la presencia divina ya no está atada a un objeto inanimado (un arca de madera y oro) ni confinada a edificaciones humanas o lugares geográficos específicos. El Espíritu Santo mora ahora en vasijas de barro (nosotros). Esto significa que no tenemos que ir a buscar la presencia de Dios a un lugar lejano para que Él actúe; nosotros somos los portadores de Su presencia a dondequiera que vayamos (familia, trabajo, comunidad).
Hoy, el tener al Espíritu Santo en nuestras vidas nos hace portadores de su presencia. Él ya no habita en templos hechos por manos humanas; ahora nosotros somos el templo del Dios viviente, y nuestro cuerpo es la morada del Espíritu Santo.
En la antigüedad, no cualquiera podía llevar el arca del pacto. En nuestros tiempos, no todos somos portadores de su presencia: venir a la casa de Dios todos los días no te hace un portador de su presencia. Cantar no te hace ser un portador de ella... predicar tampoco.
Para ser un portador de su presencia, hay que vivir en santidad; y no se trata de tener que ser perfectos, sino de vivir una vida separada del mundo, de negarse a uno mismo y de vivir conforme a la voluntad y a los propósitos de Dios.
Donde se para un hombre o una mujer de Dios que es portador de su presencia, la atmósfera cambia. Un verdadero portador de su presencia no se adapta a la atmósfera de un lugar; la atmósfera cambia cuando el portador entra, cuando el portador se para, cuando el portador suelta la palabra, cuando el portador alaba, cuando el portador ora, cuando el portador habla la palabra de Dios. Y no es la persona, no es su carisma, no es su ropa, no es su elocuencia; es que él o ella es portador de la presencia del Espíritu Santo. Y donde él llega, por el simple hecho de portar la presencia divina, ya cuenta con el respaldo de Dios.
Y al tener el respaldo del Espíritu Santo, la unción se hace sentir. Y cuando la unción cae, se siente el poder de Dios en nuestras vidas: la piel se eriza, corrientes eléctricas corren por nuestro cuerpo, y somos libres para glorificar a Dios, para cantar, danzar y llorar delante de la presencia de Dios.
Que el Señor te bendiga y te guarde.
Por: Pablo Torres.













